Adviento: Una ventana abierta

Con permiso de Mingote: “Adviento: Una ventana abierta”

No sé quién es este señor de la escalera. Pero al ver un cielo vacío, ha cogido su escalera. No está gris el cielo. Pero está muy solitario, muy sin vida.

Casi tan solitario como este hombre. Él solo. Con su inquietud y su búsqueda.

Un cielo sin aves (¿palomas?) no es cielo.

Tiene que levantarse sobre el suelo, y hacer el esfuerzo de “subir” siquiera un poco.

Desde lo alto puede venirnos lo que echamos en falta. En lo Alto quizá esté la respuesta.

Pero algo la tiene “prisionera”.

Ni siquiera se intuye una ventana. Pero él ha sabido descubrirla., encontrarla. Tenía que estar ahí, en alguna parte.

¿Es quizá este hombre un profeta? ¡Un profeta de hoy, vestido de hoy. Aparentemente un hombre muy normal.

Pero atrevido. Que no se conforma con lo que ve, que sabe “oler” posibilidades, que quiere abrir ventanas cerradas.

¿Quién la cerró? Quizá por eso muchos no la vemos, y necesitamos que nos las señalen, que nos las abran.

En la sociedad, en la Iglesia, en nuestras casas…

¿Y cómo llamaríamos a esa escalera? ¿Esperanza? ¿Quizá silencio y oración? ¿Quizás deseo?

Se sorprende de lo que encuentra. ¿Quién diría, al mirar un poco más allá, que pasaría a nuestro “lado” todo lo que estaba escondido, o encerrado, o prisionero…?

También desde el cielo , aparentemente cerrado y vacío, bajó revoloteando el Espíritu hasta posarse aobre una mujer sencilla de Nazareth.

¡La que se armó!

Pero aquella ocasión tan especial quiere renovarse cada vez que llega el Adviento y la Navidad.

Dios quiere volverse a posar en nuestra tierra, en los que tenemos esperanza.

En el Adviento, se nos llena el cielo del Espíritu, que revolotea de nuevo buscando dónde posarse.

Sí, hay que mirar al cielo y pedir: Cielos, lloved vuestra justicia.

Pero también: ¡Ábrete tierra! Ábrete, hombre. Acoge.

Gracias al que abre ventanas. Y no se cansa de hacerlo, con su escalera al hombro, siempre en camino.

Gracias, Mingote.

Texto de Enrique Martínez, cmf