‘Altered Carbon’: Una interesante serie que aborda el “problema” de la inmortalidad

Altered Carbon es una de las propuestas más sugerentes de Netflix para este año. Una serie basada en la trilogía de novelas futuristas protagonizadas por Takeshi Kovacs y escritas por Richard Morgan, de las que en España, de momento, sólo han publicado la primera entrega: Carbono alterado (Carbono modificado en su reedición).

Con múltiples conexiones con títulos emblemáticos del cine como Días extraños, Matrix, eXistenZ y, sobre todo, Blade Runner, a la que al mismo tiempo imita y homenajea, Altered Carbon nos ofrece, en diez episodios, una distopía en la que el ser humano ha alcanzado una posible inmortalidad, lo que divide a los habitantes del planeta entre quienes aceptan este nuevo modelo de vida y de supervivencia y los llamados neocatólicos, que creen que la modificación es un desafío a Dios porque sólo existe un alma.

El invento con el que logran durar años y años es la “pila cortical”, una especie de memoria digital donde se despliega “la mente humana pura, codificada y almacenada como D. H. (Digitalización Humana)”. Así, la conciencia de las personas puede guardarse en dichas pilas e insertarlas en otros cuerpos, denominados “fundas”, cuando el cuerpo original se deteriora, enferma o muere.

De esa manera, un hombre como el protagonista reconvertido en una especie de detective, Takeshi Kovacs (interpretado por Joel Kinnaman), puede pasar cientos de años trasladando su conciencia de un cuerpo a otro (de una funda a otra).

Cuando la “inmortalidad” es obra del hombre… es una pesadilla

Esto, que es sin duda el elemento más interesante de la serie, acarrea un sinfín de problemas, no sólo de índole religiosa y moral, sino también psicológica: cuando las pilas son insertadas en las nucas de otras fundas, las personas se ven dentro de cuerpos que no son suyos, afrontando en el espejo caras que nunca han visto…

Es el caso de una anciana latina, cuya familia es neocatólica, a la que insertan en el cuerpo de un tipo blanco con aspecto de criminal. O el de una madre negra que vuelve en la funda de un hombre blanco y más joven, lo que empuja a que las primeras reacciones de su marido sean la incredulidad y el rechazo.

Por eso una de las protagonistas, Kristin Ortega, neocatólica y agente de policía, no quiere renunciar a su funda. Tampoco ese traslado de unos cuerpos a otros asegura por completo la inmortalidad: si la pila es destruida, todo muere.

El capitalismo de este mundo del futuro continúa machando a los mismos: los millonarios pueden pagarse fundas sanas y jóvenes para ostentar siempre un aspecto saludable, mientras que los pobres, cuando sus cuerpos enferman o fallecen, son trasladados a cuerpos que nadie quiere, o que sobran, o que no tienen nada que ver con quienes ellos eran (de ahí que una abuela latina de familia modesta sea reinsertada en el cuerpo de un criminal blanco).

Con este escenario, y en una ciudad en la que los vehículos pueden volar y llueve a menudo, y donde a las personas pueden torturarlas una y otra vez en la realidad virtual hasta que se vuelvan locas, Kovacs, de origen oriental, es insertado 250 años después en la funda de un tipo caucásico para que trate de averiguar quién asesinó a Laurens Bancroft.

La serie, aunque de corte futurista, mantiene aún más conexiones con el cine negro: véanse, de muestra, los títulos de los episodios, basados en películas del género (“Retorno al pasado”, “En un lugar solitario”, “Falso culpable”, “El perro rabioso”, “The Killers”…). Altered Carbon resulta fascinante gracias a su guión, pero también al diseño de producción, a la dirección de escenas de suspense y violencia y a todas sus variaciones sobre el ciberpunk. Eso sí, no apta para menores.

José Ángel Barrueco