Apuntes breves sobre el Rito Hispano-Mozárabe

La fe cristiana, celebrada en sus respectivas áreas y con sus vicisitudes históricas, dio origen en Occidente a diferentes expresiones rituales: Romana, Milanesa o Ambrosiana, galicanas y célticas. La forma propia y peculiar de celebrar los misterios cristianos en las Iglesias de la Península Ibérica es lo que conocemos como Rito Hispano: fue el propio de los católicos hispano-romanos; en la época de los visigodos germanos los Padres de la Iglesia Gotho-hispana la enriquecieron notablemente; y tras el año 711 fue la fe celebrada tanto en la España astur-leonesa como la que sostuvo a los cristianos que vivieron durante siglos en la España árabe (al-Andalus). Esuno de los Ritos europeos que estuvo plenamente en vigencia hasta la recepción del Rito de Roma en el siglo XII.

Cuando, a finales del s. XI, el afán uniformador extendió el Rito Romano a toda la Cristiandad occidental, los Reyes cristianos de la Península Ibérica acabaron aceptando el cambio de calendario, de costumbres y de ritos que difundían los monjes cluniacenses. Esta asunción de usos franco-romanos, que no se realizó sin ciertas resistencias en los reinos cristianos, no se llevó a cabo en los territorios de al-Andalus. Allí fue, entonces, cuando comenzó a denominarse Rito de los Mozárabes, según se designaba a los propios cristianos que vivían bajo el Islam. Al reconquistarse Toledo a los musulmanes (1085), el rey castellano Alfonso VI concedió una serie de privilegios a los mozárabes, entre ellos la posibilidad de seguir celebrando en sus comunidades según las fórmulas de los antiguos visigodos. Esas parroquias personales custodiaron un legado espiritual y teológico que posibilitó, rayando el siglo XVI, al Cardenal Ximénez de Cisneros publicar el Misal y el Breviario llamado Mozárabe, por el nombre de los cristianos que han asegurado su pervivencia [1].

Esta Liturgia es la única de las latinas que pervive fundamentalmente en su estado original, debido a la situación de aislamiento que conoció en el largo periodo de resistencia mozárabe. En ella se manifiesta una espiritualidad bíblica, cristocéntica, trinitaria y martirial con gran expresividad realista y poética.

  1. Centrándonos en el primer milenio hemos recordar que, como la mayoría de los otros Ritos antiguos, nuestra Liturgia conoció diversas fases o etapas, cada una de ellas con las características siguientes:
  • Fase de gestación (ss.III-VI). Las relaciones o diversas influencias de las Iglesias del norte de África, Roma, Galia, célticas, explica la diversidad de tradiciones litúrgicas en Hispania (denominadas A –Norte- y B –Sur-), así como la semejanza estructural con los demás Ritos occidentales.
  • Fase de creatividad (527-623). La España visigoda, a partir de los concilios de Braga (561 y 572) y de los III / IV de Toledo (589 y 633), desarrolla escuelas eucológicas (Tarragona, Sevilla, Mérida, Toledo…) en las que sucesivamente destacan Justo de Urgel, Masona, Leandro e Isidoro de Sevilla, Eugenio e Ildefonso de Toledo, etc.
  • Fase de codificación (hacia finales del s. VIII). Se cuida el canto y se organizan los principales libros litúrgicos: Oracional, Antifonario y Manual. Esta labor de codificación es realizada por san Julián, obispo de Toledo (+ 690).
  • A estas habría que añadir la restauración toledana de los siglos XVI y XVIII y la renovación actual tras el Concilio Vaticano II.
  1. Los libros litúrgicos se compilaron, por razones prácticas, a partir de fascículos (libelli) que contenían los textos necesarios para una celebración. Entre los libros para las celebraciones sacramentales destacan: el Liber misticus (officia et missae), el Liber horarum, el Liber ordinum (sacramentario para obispos / presbíteros), el Liber sermonum, el Passionarium, el Liber precum, elLiber commicus o Leccionario bíblico, el Liber Manuale o Liber missarum (para las oraciones presidenciales), el Antiphonarium (se nos ha conservado un precioso ejemplar en León) y el Liber orationum festivus.

Otro grupo de libros forma el conjunto de textos necesarios para el oficio de las oraciones de la mañana (Matutinum) y de la tarde (Lucernarium): el Psalterium, el Liber canticorum, el Liber hymnorum, y el Liber orationum.

  1. Los siete Sacramentos son los momentos de encuentro eficaz del creyente con el Señor Resucitado que concede la gracia de su Espíritu en las celebraciones de la Iglesia. Los tres primeros sacramentos -administrados conjuntamente tanto en los adultos como en los niños- podrían celebrarse en la Pascua o en Epifanía. Eran precedidos por las traditiones del símbolo de la fe (Credo) y la oración dominical (Paternoster).

Bautismo: administrado por inmersión única añadiendo en las palabras sacramentales: “para que tengas vida eterna”;

Confirmación: con imposición de manos después de la crismación seguida siempre de la Comunión eucarística;

Eucaristía: en su celebración diaria o dominical la Misa se estructura en dos partes precedidas por los ritos iniciales (Canto, Gloria, Trisagion, Oración) que tienen lugar fundamentalmente en las celebraciones festivas.

  • Liturgia de la Palabra: tras el saludo del sacerdote cada día se proclaman tres lecturas de la Escritura –cuatro en Cuaresma-: Prophetia, Apostolus yEvangelium concluyendo con el cántico aleluyático Laudes. Al final de cada lectura, la asamblea responde Amén. El canto interleccional se llama Psallendum. El Antifonario de León describe la solemne procesión con el Evangelio desde el altar al lugar de su proclamación diaconal entre luces, incienso y la aclamación Laus tibi.
  • Liturgia del Sacrificio: inicia con el canto ofertorial (Sacrificium) mientras se traen el pan y el vino al altar que son honrados con la incensación. Esta segunda parte de la Misa está constituida por una rica serie de siete oraciones variables que inician después de la preparación de las ofrendas (primera oración) y continúan por la recitación de los Dípticos o intercesiones solemnes moderadas por el diácono, intercaladas con oraciones presidenciales variables (segunda, tercera y cuarta) y aclamaciones de pueblo que expresan la comunión con toda la Iglesia (universa fraternitate). El sacerdote –en estas iglesias construidas hacia Oriente, según recuerda san Isidoro de Sevilla-,preside al frente del pueblo de Dios que expresa su participación por medio de las continuas intervenciones de la asamblea y del coro.

El abrazo de la paz introduce la Anáfora o Prex mystica (oraciones quinta y sexta) dirigida al Padre y al Hijo. El canto angélico del Sanctus incorpora aclamaciones en griego (Kyrie, o Theos). La invocación al Espíritu Santo o epíclesis se realiza generalmente tras el relato de la institución, tomado fundamentalmente de la narración paulina. La asamblea interviene ratificando la oración sacerdotal con la aclamación Amén.

Entre la conclusión del septenario de oraciones que conforman el misterio y el Rito de la Comunión se sitúa la profesión de fe niceno-constantinopolitana introducida en el III Concilio de Toledo (589), y la fracción del pan en siete o nueve partes que se colocan en forma de cruz sobre la patena, evocando en cada una los misterios de Cristo. A cada una de las siete peticiones del Padrenuestro, que recita/canta el sacerdote, la asamblea responde Amén.

El sacerdote, que en la oración ha estado de pie coram altare tras los velos del sanctuarium se vuelve a la asamblea para mostrar el sacramento con la solemne fórmula Sancta sanctis (lo santo para los santos). Con la bendición al pueblo congregado, como preparación a la Comunión, comienza la distribución sacramental bajo las dos especies. La comunión de la cosas santas la reciben los sacerdotes en el santuario, los diversos ministros en el coro, y el resto del pueblo santo de Dios en la nave, generalmente acompañados del salmo 33 (Gustad y ved). El cántico de Ap 5,5 (Venció el León de la tribu de Judá) resuena con el Aleluya en la Cincuentena pascual o Pentecostés.

  • En la época mozárabe se introduce la Conclusión: tras el canto aleluyático se recita una oración con la que se completa la celebración.

El septenario sacramental continúa con: la Reconciliación que, solemnemente, se concedía a la Hora de Nona del Viernes Santo a los pecadores públicos. El proceso penitencial (Ordo poenitentiae) podía ir acompañado de la tonsura, imposición de ceniza y toma de hábito; la Unción de los enfermos, por el presbítero en la cabeza del enfermo con óleo bendito; el Orden sacerdotal: el itinerario ministerial de siete órdenes iniciaba con la tonsura. En la ordenación –recibida por la imposición de las manos del obispo y la oración consagratoria- se recibían las vestiduras propias de cada orden, se imponía la estola u orario al diácono, al presbítero tras la imposición de la casulla se le entregaba el Manuale con los textos sacramentales. El Obispo recibía en su ordenación el báculo y el anillo; y el Matrimonio: las nupcias se preparaban con un Oficio vespertino o Lucernario en la víspera de la boda y la bendición de la casa esparciendo en ella sal bendita. En la ceremonia destacan la bendición y entrega de las arras con las alianzas y la imposición sobre los novios de un velo de color rojo y blanco durante la solemne bendición nupcial del ministro.

  1. Otras celebraciones litúrgicas, los sacramentales, santificaban con diversas consagraciones (crisma, iglesias, etc.) y bendiciones las diversas situaciones de la vida de los cristianos (consagración de las vírgenes, el paso a la adolescencia con el corte de la barba, las súplicas litánicas agrarias, exorcismos, etc.).

En España el monacato –con el sistema pactual- gozó de gran importancia destacando las reglas de san Isidoro (615 c.), san Fructuoso (630 c.) y la Regla Común (675 c.).

Los enfermos graves eran especialmente atendidos: se distribuía la Comunión como viático y el moribundo era entregado a las manos de Dios (Ordo in finem hominis). En las exequias de los difuntos (Ordo depositionis) –con el uso de la sal bendita- destacó siempre un gran sentido penitencial y pascual. Entre los monjes de la España gótica se recordaba a los difuntos el lunes después de Pentecostés.

El ritmo diario y anual era jalonado por la Liturgia de las Horas (en su doble vertiente monástica y catedralicia) y la vivencia de los misterios del Señor en el Año Litúrgico:

  1. En el Oficio diario destaca el Lucernarium, al caer la tarde e iniciarse un nuevo día litúrgico, con la oblación de la luz y del incienso.
  2. El ciclo del año gira en torno a la Pascua –donde se sitúa la fiesta de la Cruz gloriosa (3 mayo)- preparada por una Cuaresma, de total abstinencia de fiestas y de carne, que comenzaba con la despedida del Aleluya en el domingo de De carnes tollendas. El Adviento, de seis semanas, preparaba tanto la segunda venida del Señor glorioso desde el cielo como, desde la solemnidad de Santa María –18 diciembre-, el tiempo navideño donde destacaban la celebración del Ano nuevo (Caput anni) y la Apparitio Domini, el 6 de enero, subrayando el Bautismo de Cristo. En el tiempo cotidiano -jalonado por la celebración del domingo que comenzaba con la tarde del sábado- destacan sobre todo las fiestas de los mártires expresión celebrativa (lex orandi) de una Iglesia, que desde los primeros siglos, ha testimoniado (lex agendi) la fe cristiana (lex credendi) dando lugar a una cultura peculiar y riquísima.

Nuestro antiguo y amplio repertorio musical está contenido hoy en unos cuarenta manuscritos. Sin embargo, sólo una veintena de piezas han podido ser transcritas gracias a que la vieja notación hispánica fue en ellas sustituida por la aquitana. Es aún una tarea pendiente para los musicólogos e investigadores.

 Manuel Glez. López-Corps, Pbro.

[1] Con libros impresos según la inculturación del momento por el canónigo Ortíz y una capilla instituida en la Catedral Primada (Corpus Christi) comenzaría la moderna, aunque restringida, andadura de nuestro ancestral Rito. Junto con la capilla de El Salvador, en la catedral de Salamanca (1517), no faltaron otros intentos, siempre minoritarios, para salvaguardar un patrimonio considerado único en Europa. El siglo de las luces trajo, gracias al mecenazgo del cardenal Lorenzana (+ 1804), una cuidada edición de los libros litúrgicos. A comienzos del siglo XX, el sabio benedictino Ferotin publicaba, entre otros, los manuscritos del Liber Ordinum; los benedictinos de Silos sacaban a la luz el famoso Antifonario de León. La celebración de la Eucaristía en Rito Mozárabe ante los Padres del Concilio Vaticano II (15 oct 1963) suscitó el interés por la vieja liturgia que aún resonaba bajo las bóvedas toledanas y salmantinas. Tras algunos intentos restauracionistas en Palencia y Córdoba, una Comisión de expertos liturgistas, efectúa una revisión de textos y del Ordo Missae apoyada por la Conferencia Episcopal Española y promovida por don Marcelo González Martín, Cardenal Arzobispo de Toledo, Superior del Rito. El mismo Papa Juan Pablo II, que ya había elogiado en Toledo (1982) el rico acervo contenido en los textos conservados por los mozárabes, celebró en la basílica de san Pedro con el Rito restaurado la solemnidad de la Ascensión de 1992. El cardenal Rouco, en Madrid, con motivo del Gran Jubileo concedió la celebración estable en la diócesis. El actual Primado y Superior del Rito constituyó en 2013 (18 dic) una Comisión Diocesana para continuar con la renovación espiritual y pastoral.