Carta del obispo sobre la Cuaresma

LA CUARESMA PREPARACIÓN PARA LA SEMANA SANTA, TAREA DE COFRADES, TAREA DE BAUTIZADOS

Queridos cofrades y diocesanos:

Con la Cuaresma hemos comenzado la andadura que nos conduce a la Semana Santa y a la celebración del Triduo pascual, centro del culto cristiano. El tiempo cuaresmal es un tiempo de preparación de la conmemoración de los misterios de nuestra salvación, a cuya consumación en la vida eterna nos encaminamos participando ya, en nuestro caminar de peregrinos, mediante la celebración sacramental de aquello que esperamos alcanzar. La plena participación en la resurrección y gloria del Señor. Por esto mismo, la Cuaresma es un tiempo propicio al examen de nuestra situación ante Dios, un tiempo para preguntarnos por el alcance espiritual de la Semana Santa, a la cual nos dispone la Cuaresma.

Es muy comprensible la ilusión, no sin desasosiego en determinados momentos, con la que los cofrades afrontan el recorrido cuaresmal, después de haber esperado con el corazón puesto en la salida procesional que a cada hermandad corresponde en la semana grande de la fe. La inquietud asalta muchos corazones devotos de la pasión y cruz del Señor, que esperan ver representada para instrucción de los fieles, para su mejor acercamiento al enorme sufrimiento que padeció el Redentor por amor al mundo; y para el acompañamiento espiritual de la Madre Dolorosa, que los cofrades desean consolar correspondiendo al amor de la Virgen con el suyo.

Mas, ¿de qué devoción se trata? Sin duda, es devoción sostenida por los sentimientos sinceros de quien se conmueve ante la representación de la pasión de Cristo y el dolor de la Virgen María. La pregunta que de ello se sigue reza como sigue: ¿en qué medida esta empatía con el drama del Calvario transforma la propia vida y la ajena? Cuando uno piensa en los cientos de cofrades que practican su fe un solo día, o unos cuantos días al año, y que acuden al reclamo de la “pulsión” de una religiosidad sentida, pero insuficientemente conocida en sus contenidos y real experiencia de fe, poco reflexionada y no bien acogida, una fe débil que no deja marca alguna en el sujeto que dice profesarla. Una fe a la que le ha faltado catequesis, que no ha sido suficientemente informada y formada, una fe de la cual no es capaz de dar razón el que se dice creyente, pero no ha comprendido que la fe excluye lo absurdo y nada tiene que ver con el mito. El cristianismo es una religión fundada en acontecimientos históricos de significado trascendente.

La Cuaresma es un buen momento para que hermandades y cofradías retomen su propósito de implantar la necesaria formación cristiana, para cuantos piden formar parte de ellas. Es el tiempo para activar el curso cofrade, que cada año ha de contar con un programa de formación, al que los cofrades se obliguen a seguir con disciplinada voluntad de trabajar los temas; de recorrerlo a modo de un catecumenado de adultos, proponiéndose dar los pasos que han de conducir a la gozosa experiencia pascual vivida cada Semana Santa. Todo ello siempre al ritmo litúrgico de la celebración del misterio pascual.

La Cuaresma es asimismo el tiempo propicio para contrastar la propia vida con las exigencias de una fe que, además de pensada, es fe celebrada. Tiempo fuerte, entonces, para celebrar bien, lo cual no es fácil de lograr sin la conciencia de que la Cuaresma tiene su propio significado sacramental. Lo dice con entera claridad el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, al afirmar que, en el ámbito de la piedad popular, con demasiada frecuencia «no se han asimilado algunos de los grandes valores y temas, como la relación entre el “sacramento de los cuarenta días” y los sacramentos de la iniciación cristiana, o el misterio del “éxodo”, presente a lo largo de todo el tiempo cuaresmal» (Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos, Directorio, n. 124).

La Cuaresma tiene el carácter sacramental que le da ser evocación, vivencia y, en definitiva, memorial de una experiencia de purificación y marcha hacia la libertad durante los cuarenta años de travesía, contados a partir del éxodo, de la salida de los israelitas de Egipto camino de la tierra prometida. Una travesía que Jesús recapituló en sí mismo en los cuarenta días en los cuales «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1), para darnos ejemplo de cómo vencer nuestras tentaciones. Con tal fin fue tentado Jesús y la crónica evangélica nos lo presenta venciendo las tentaciones en que le pusieron el hambre a causa del ayuno, el poder por causa de la maliciosa insinuación que el demonio le proponía de hacerse dueño del mundo, si de rodillas le adoraba; y finalmente, por causa de sugestiva de sí mismo dejándose ver como espectáculo de infinita vanidad, algo que tanto subyuga a los humanos.

Sin la palabra de Dios, comprendida y asimilada; sin la gracia sacramental, de la que vivimos, como cristianos que se nutren de la salvación traída por Cristo; sin disciplina de la voluntad para vivir conforme a la fe profesada, con la ayuda de Dios y de su gracia, que nunca permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, no podremos lograrlo. No desaprovechemos la Cuaresma, un tiempo privilegiado para instruirse en la fe, avanzar en el conocimiento de la palabra de Dios y celebrar la salvación: preparándonos para recibir y recibiendo los sacramentos que comunican la gracia y regeneran nuestra existencia, haciéndonos receptores del anticipo de vida eterna que es la gracia sacramental. El tiempo cuaresmal es un tiempo para reflexionar sobre cada uno de los compromisos que lleva consigo ser cofrade y, dicho sencillamente, para responder al test de evaluación de la propia fe y práctica religiosa con la que nos proponemos celebrar la Semana Santa.

En los estatutos de las hermandades y cofradías está reglada en artículos la necesidad de formación en la fe y coherencia entre fe profesada y fe vivida. No basta pagar la cuota de hermano y estar al día en los pagos, hay que adquirir aquel conocimiento de la fe que es conocimiento de Dios y de Cristo. Hay que estar al día en la fe que nos hace miembros de la Iglesia, pues se es cristianos para poder ser cofrade. 

Es la condición eclesial de la fe la que da derecho a la pertenencia cofrade a las asociaciones de fieles que son las hermandades y cofradías, las cuales conceden a sus miembros el derecho a votar para decidir y tomar parte en las actuaciones cofrades que cada año programan y tienen su más conocida expresión en la Semana Santa, pero son programa de todo el año pastoral; y tienen variadas expresiones, que van del culto a la caridad y de la formación a la cultura. Entre ellas, la participación en los desfiles penitenciales que de hecho son las procesiones de Semana Santa, en las cuales la figura humana de cada cofrade desaparece velada por el hábito que oculta la personalidad del penitente, para que se transmita el testimonio no quién hace penitencia, sino de la necesidad de la penitencia en sí misma como respuesta al inmenso amor de Cristo Redentor y du su santísima Madre.

Con mi afecto y bendición

Almería, a 14 de febrero de 2018

Miércoles de Ceniza

+ Adolfo González Montes. Obispo de Almería