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¿Qué puedo hacer para mejorar el mundo?

Cualquier persona medianamente interesada por el resto de sus semejantes, se ha planteado en más de una ocasión esta pregunta: ¿Qué puedo hacer para mejorar el mundo?.

En la actualidad, raro es el día en que las noticias no incitan a cuestionarse el propio comportamiento: ¿cómo puedo seguir llevando este estilo de vida cuando la gente está muriendo de hambre en muchos países, cuando los habitantes de una nación se matan entre sí, cuando el color de la piel o la carencia de pasaporte es un estigma que conduce a la muerte, cuando … ?

Y la respuesta no suele ser otra que una desconsoladora confesión de impotencia. ¿Qué voy a hacer yo frente a problemas de tales dimensiones? Por eso razonamos de la siguiente manera: no estoy en condiciones de arreglar nada. ¡Falaz razonamiento! 

Aunque cueste creerlo, hay que contestar que sí. No se me pide que logre detener todas las guerras, solo que siembre un poco de amor a mi alrededor; no se me exige que calme la necesidad de todos los hambrientos, tan sólo que destine una buena parte de mis ahorros a quienes los necesiten; nadie me obliga a consolar a los millones de seres que necesitan apoyo, únicamente se me pide que sea un poco de alivio para cuantos están cerca de mí. Nada más se me puede exigir, y tampoco nada menos. Y con estas acciones conseguiremos hacer recapacitar a los que nos contemplan y quizá cunda el ejemplo…

¿Estará vivo de verdad?

La resurrección en el arte (galería fotográfica pinchando aquí)

Cuando una única certeza da sentido a todo

La tumba vacía es signo de esperanza. Ante una tumba vacía desaparece el miedo y brota la fe:

“Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le hablan cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”.

Pedro y Juan creen con solo ver el sepulcro vacío. Eso basta para creer, para cambiar de vida.

No ven a Jesús y ya creen. No se aparece ante sus ojos y presienten su presencia. Notan la ausencia de su cuerpo y se alegran. Eso es suficiente.

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¡Cristo ha resucitado!

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,1-9:

«El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:  «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos».

Una vida «sin» o «con»

Frente a una vida SIN entrega favorecida por el mantra del mal entendido culto al ‘ego’, cultivemos una vida CON entrega, que nace del verdadero encuentro con uno mismo dónde uno descubre que vivir dándose a los demás es un modo de vida que realiza y da sentido. Esta vida CON entrega está encarnada en tantas personas que han vivido y viven por los demás sacrificando su propio bienestar, sus comodidades, sus seguridades…

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