Cuando negamos el dolor en nuestra vida

 

«En los largos años de silencio que pasó en Nazaret, Jesús debió de meditar más de una vez en estos nombres. ¡Con qué profundidad debió de sentir entonces lo que significa “historia humana”! Todo lo que ésta tiene de grande, de fuerte, de confuso, de miserable, de oscuro, de perverso, todo lo que amenazaba su existencia y bullía a su alrededor tenía que asumirlo, presentarlo a Dios, y responder de ello ante Él.»

Cristo ha venido exactamente a asumir de manera radical los límites de nuestra condición humana (de nuestras soledades), para abrir desde dentro nuestro espacio interior cerrado y desconfiado a la relación de dependencia con el único Padre que puede conducirnos a un amor capaz de sanar todas nuestras heridas y dilatar “nuestro mundo” (narrativo y personal) hacia los confines de toda la historia y del cosmos. Sí, porque Cristo vino para abatir el muro de separación que nos divide y fragmenta en tantos mundos (Judíos y Gentiles), y para crear en sí mismo de todos “un solo hombre nuevo, haciendo la paz reconciliando a todos en un solo cuerpo” (Cfr. Ef 2, 14-16).