‘El Gordo y el Flaco’: un tributo a la verdadera amistad

Steve Coogan y John C. Reilly interpretan a Stan Laurel y Oliver Hardy 

Existen numerosas maneras de enfocar una película sobre dos de los más grandes cómicos del cine mudo: Stan Laurel y Oliver Hardy. Se pueden explorar sus inicios, en torno a cómo empiezan a rodar cortos y largometrajes, cómo se conocen y sus carreras avanzan, como hizo Richard Attenborough con su biopic Chaplin. Se pueden centrar en determinados episodios de su vida, los que ocupan un lugar más importante, como hizo Jay Roach en Trumbo. Se pueden centrar en el rodaje de uno de sus filmes más emblemáticos, como hizo Sacha Gervasi en Hitchcock. O se pueden centrar en sus relaciones y en sus matrimonios.

El director de El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie), Jon S. Baird, y su guionista, Jeff Pope, han optado por centrarse fundamentalmente en su amistad, en el valor que adquiere la amistad entre quienes llevan años trabajando juntos y compartiendo cientos de horas. Es un enfoque tan bueno como cualquier otro, inspirado en el libro Laurel & Hardy. The British Tours, de A. J. Marriot. Es un enfoque que nos ayuda a entender que no sólo hubo una relación de trabajo, sino que entre ambos cómicos anidaban el respeto mutuo, la solidaridad, el aprecio, la camaradería y ese vínculo estable que puede convertirse en una especie de hermandad. 

 El filme (tras un prólogo magnífico en el que los dos actores se mueven por los estudios en un plano secuencia de su etapa dorada) arranca en un momento crepuscular: cuando Stan Laurel y Oliver Hardy comienzan una gira por Gran Bretaña para demostrar su talento en los teatros y para demostrarse a sí mismos que aún pueden convocar al público y llenar las salas. Es un momento crucial para ambos porque sus mejores tiempos en el cine han terminado.

Como si fuesen un matrimonio, hay una sombra que se cierne sobre su amistad: en el pasado, Stan Laurel no renovó su contrato con un productor y Oliver Hardy se arriesgó a rodar sin él, lo que para el primero significa que su amigo le falló, y para el segundo sólo expresa que estaba atrapado por su propio contrato y, por tanto, tenía las manos atadas.

Ese conflicto acabará saliendo a la luz en un momento de la película, en el que Stan pronuncia las palabras que configuran el dolor y la decepción: Me traicionaste. Traicionaste nuestra amistad. A lo que Oliver acaba respondiendo, con el desprecio habitual de quien se siente herido: Eres invisible. Estás vacío. Y la réplica de Stan es: Yo nos amaba. Una discusión que provoca una brecha que puede repararse: es como en esos noviazgos en los que se discute de vez en cuando, pero la reconciliación, si acaba llegando, también les permite repasar sus errores y recomponer lo que podría haberse roto.  

Las secuencias de su gira crepuscular, en las que a veces congregan a mucho público, pero otras comprueban con desolación que hay bastantes butacas vacías, se van alternando con escenas de sus días de gloria, como cuando bailan en un decorado de western en Laurel y Hardy en el Oeste.

El resultado es un filme interesante, con algunas escenas muy logradas, pero no excepcional (como, a mi entender, lo es Man on the Moon, de Milos Forman, por citar un ejemplo). Lo mejor está en el trabajo de sus estrellas: Steve Coogan y John C. Reilly están espléndidos en la piel de sus personajes, y sus maquillajes y caracterizaciones, y el modo en que se mueven, consigue que se parezcan más a Laurel y Hardy que los propios Laurel y Hardy, si se me admite la broma.

Pero, más allá de sus virtudes o errores cinematográficos, constituye un magnífico tributo a la amistad, pues la amistad, cuando es sólida y verdadera, está por encima de la gloria y los beneficios. De hecho, al final será el propio Oliver Hardy quien haga un sacrificio que ponga en riesgo su salud pero que va a devolverlo a su lugar en el mundo: junto a Stan Laurel, arrancando carcajadas al público.  

José Ángel Barrueco