La sopa de la Mendiga

En el pueblo ninguno era más pobre que Rebeca, pues sólo poseía los vestidos que llevaba. Y esto era muy poco. La blusa y la falda estaban desgarradas, las medias y las sandalias llenas de agujeros. Todos los habitantes del pueblo la conocían y Rebeca conocía a cada uno de ellos.

Cuando tenía hambre sabía donde golpear y tenía la costumbre de dormir afuera. Aún en invierno sabía donde encontrar un refugio. ¡Que vida miserable! Sin embargo, Rebeca llevaba esta vida de hace muchos años y no sentía envidia, ni la necesidad de cambiar lo que fuese.

A un campesino que un día se había apiadado de su suerte, ella le había respondido: “Tú suerte por un lado es más penosa que la mía, en todo caso yo no la conozco”. Y como el campesino la miraba sorprendido, le explicó: Todos ustedes han sido mendigados por mi una vez, en cambio yo no he sido mendigada jamás por nadie”.

Le puso bajo su brazo la hogaza de pan que le había dado y se fue con una sonrisa maliciosa.

Poco después de esta anécdota, comenzó a reinar una gran hambre en el país. La gente no tenía casi con que alimentarse. Cuando llegaba rebeca, su presencia provocaba una situación molesta y se le cedía de mala gana unos restos de comida. Tenía que golpear en muchas puertas para saciar su hambre. Un día recibió un poco de sopa caliente que llegaba hasta la mitad del cuenco. ¡Que suerte! Se había sentado al borde del camino para comerla, cuando vio unos viajeros que venían hacia donde ella estaba. Un hombre, una mujer y un pequeño asno. Lo han adivinado: eran María y José que caminaban hacia Belén. ¡Que sombría era la cara del hombre!¡Y la de la mujer era pálida y hundida! A Rebeca le dio pena y les habló así: “¡Eh buenas gentes! ¿Por qué están tan tristes? ¿Qué es lo que les pasa?. José miraba a Rebeca sin decir una palabra. Sus ojos fijos en el cuenco, parecían medir la sopa. María respondió dulcemente: “Estamos al límite de nuestras fuerzas. La marcha es penosa cuando no se ha comido.”

“¿Por qué no compran comida?” preguntó la mendiga. “¡No tenemos dinero”respondió María. “¿Y por qué no mendigan?, quiso saber Rebeca. María respondió confusa:” Ya lo hemos tratado, pero nadie no has dado nada”. La mendiga asintió con la cabeza: “¡Y sí! Estos momentos son duros, la gente no tiene nada ni para ellos”.

“Miren el poco de sopa que he recibido”. Y les mostró su cuenco a medio llenar. De repente a Rebeca la pasó un pensamiento que todavía nunca le había venido: “Dígame”, les preguntó dulcemente, “¿Tienen un recipiente?” Sí, maría y José habían traído uno.

La mendiga dijo con voz decidida:

“Entonces, vengan, compartamos mi sopa y su pena”.

José le alargó su cuenco. Rebeca vertió lo que necesario para ella. Después en un arrebato de generosidad, vertió un poco más todavía. Ella tenía su cuenco de forma que ni María ni José se dieran cuneta que estaba vacío.

Al mirar a los extranjeros comer su sopa, la mendiga sintió una alegría que jamás había sentido hasta ahora. Por un instante, se olvidó de su propia hambre.

En unos minutos, María y José habían terminado su sopa y ya reemprendían el camino. Rebeca los siguió largo tiempo con la mirada. ¿No le había revelado ese lado de su suerte humana que ella no conocía? Ella, la mendiga Rebeca, había sido mendigada por primera vez en su vida. Finalmente se inclinó para agarrar su cuenco y ¡estaba lleno hasta el borde! Lleno de una rica sopa caliente, a su gusto, una sopa que sació su hambre completamente.