La verdadera generosidad consiste en dar sin contar

Un pequeño acto de generosidad, como querer arrancar una sonrisa a un ser querido, dar una alegría a un extraño, no cuesta nada. Sonreír en la calle a un desconocido, dar un cumplido a un amigo, mirar a los ojos a quien nos habla, decir “hasta luego” y “que tenga un buen día” a quien nos mira detrás de un mostrador, son pequeños actos de caridad que pueden cambiar el día a alguien.

Estos gestos, como son menos notorios, no solo mejoran la vida de los demás –cosa que hacen– sino también la propia. No quiere decir que tendremos más cosas, ni siquiera que, por tratar bien a otros lograremos que los demás nos traten de la misma manera. No se trata de encarnar el popular axioma de “dar para recibir”. Porque quizás no recibamos nada, al menos nada que se entienda de esta manera. Pero eso no significa que no obtengamos nada a cambio, si nos percatamos de que al dar lo que tenemos, aunque no sea mucho, crecemos en virtudes. Humildad, al no pretender grandes acciones, sino apenas ayudar a levantar los papeles que volaron a un desconocido. Paciencia, al escuchar la misma historia que sabemos que al vecino le encanta contar. Generosidad, al dar sin contar, como el tendero del video.