«Late Afternoon». El conmovedor corto animado que retrata la vida de alguien que pierde la memoria


«La edad de mi infancia, que ya no existe, está en el tiempo pasado, que ya no existe ni lo hay; pero cuando recuerdo cosas de aquella edad y las refiero, estoy viendo y mirando de presente la imagen de aquella edad.  Todo esto lo ejecuto dentro del gran salón de mi memoria. Allí se me presentan el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas que mis sentidos han podido percibir en ellos, excepto las que ya se me hayan olvidado. Allí también me encuentro yo a mí mismo, me acuerdo de mí y de lo que hice […] a todas estas imágenes añado yo mismo una innumerable multitud de otras que formo sobre las cosas que he experimentado […] Además de esto se han de añadir las ilaciones que hago de todas estas especies, como las acciones futuras, los sucesos venideros y las esperanzas». (San Agustín, Confesiones XI, XVIII, 23;  X, VIII, 14).

El pasado, la memoria y la identidad personal

Con estos geniales pensamientos y sutiles palabras San Agustín de Hipona (354-430) reflexionaba libre y profundamente sobre el pasado, la memoria y la identidad personal en su asombroso y famoso libro «Confesiones». Si bien no siempre nos ponemos a pensar en estas realidades al nivel en que lo hacía el santo filósofo, sabemos que ellas son parte fundamental de nuestras vidas. Baste como demostración lo viral que se ha vuelto el «10 years challenge» en las redes en los últimos días. Muchos se contagiaron con la idea de encontrar una fotografía de diez años atrás que debía ser compartida junto a otra imagen actual para que se notaran los cambios y todos comentaran sus opiniones sobre las comparaciones.

¿No es eso enfrentar por un momento, aunque sea de modo más o menos superficial, la ineluctable realidad de la temporalidad de nuestras vidas? Estas preguntas han acompañado al hombre desde sus orígenes y lo han enfrentado con su propia realidad. Hace cientos de años inquietaron a San Agustín y ahora, en cierto modo, a todos con el «10 years challenge» y el corto que acabas de ver.

Late afternoon

Este es el nombre del corto que compartimos, fue escrito y dirigido por Louise Bagnall y producido por Cartoon Saloon. Ha ganado el premio de mejor corto animado en el Tribeca Film Festival, ha sido proyectada en más de 80 festivales alrededor del mundo y ha sido preseleccionado para obtener el premio en la categoría de Mejor Corto Animado en los premios Oscar 2019.

El corto nos muestra una tarde en la vida de una anciana llamada Emily. A la hora del té es atendida muy gentilmente por una mujer más joven, que al entrar se presenta como Kate. A través de la percepción de diversos objetos a Emily se le detonan recuerdos que la llevan a emprender, así como San Agustín en el fragmento de sus escritos que hemos presentado más arriba, unos viajes interiores a través de la memoria. Una galleta la lleva a su infancia en un día de playa junto a su padre; un libro le recuerda un viaje en bicicleta con una amiga durante su adolescencia; un cuadro la lleva a recordar a su marido, su embarazo y su relación de cuidado y cariño con su hija, Kate, quien es la que la atiende en su vejez con el mismo cuidado y cariño que recibió de su madre.   

Además de lo conmovedora y bonita que es la historia, esta nos lleva a reflexionar sobre dos temas ligados entre sí: la memoria y la identidad. Gracias a la memoria podemos existir a través del tiempo. Ella nos permite interpretar los hechos, que se suceden unos a otros, como una historia continua, integrada y cohesionada y no como una constante emergencia de momentos inconexos en donde nada se acumula, mantiene, ni proyecta.

La memoria es la capacidad humana de poder existir en la temporalidad con la capacidad de interpretar los cambios, percibir una narrativa en ellos, es decir, construir una historia, forjar la propia identidad y poder actuar libre y responsablemente según las capacidades y posibilidades de nuestra naturaleza, condiciones personales y el ambiente que nos rodea. Sin memoria nuestro mundo interior empezaría de cero cada segundo nuevo, no podríamos conocer, aprender, retener, pensar, ni conectar hechos, pues el recuerdo es indispensable para asir de algún modo lo que constantemente cambia o deja de ser.

Cambios a través del tiempo

Nosotros cambiamos a través del tiempo, pero así mismo seguimos siendo nosotros, es decir, nuestra identidad permanece. Ahora bien, ¿cómo accedemos a esa identidad objetiva? El primero en hacerlo es Dios, pues Él está más allá del tiempo y el espacio y es quien nos conoce perfectamente. Pero luego existen dos fuentes posibles de acceso a la identidad, parciales y limitadas ambas: lo que yo conozco de mí y lo que los demás conocen de mí.

Casi siempre, somos nosotros quienes tenemos acceso privilegiado — porque lo vivimos en carne propia — a todas las vivencias, sentimientos, pensamientos y emociones, entre otras cosas, que han ido ocurriéndonos y forjando nuestra identidad. Pero la conciencia de esa identidad puede aminorarse o desaparecer con el olvido. Como vemos en el corto, es la hija, Kate, quien se esfuerza constantemente por llamar a su madre por su nombre, para que ella siempre lo recuerde, y se presenta a sí misma con su nombre, Kate, con la misma finalidad. La hija sabe que su madre ha perdido conciencia de, tal vez, lo más importante de todo y que es causa de que ella esté ahí: es su mamá. La anciana Emily, por la pérdida de su memoria, se olvida de quién es ella y quiénes son los demás, es decir, pierde conciencia de su identidad y vive cada vez más vacía de significados.

La identidad

Hay dos reflexiones que nos puede dejar el corto animado. La primera es sobre la identidad. Es importante notar que lo que pierde la anciana es la conciencia, no la identidad. Ella sigue y seguirá siendo Emily, la niña que escribía en la arena, vio barcos navegar, montó bicicleta, se enamoró y tuvo una hija llamada Kate. La identidad es la verdad sobre uno mismo y, como decía Santo Tomás, la verdad es la adecuación de la mente a la realidad. Puede ocurrir que nuestra mente esté dormida y no tengamos acceso a la realidad o la memoria, pero es necesario recordar que nuestra identidad, nuestra dignidad y nuestro valor son inmutables y muchas veces son otros los que nos tienen que reforzar esa imagen.

La memoria

La segunda reflexión es sobre la memoria. Un recuerdo llevó a Emily a tomar conciencia, al menos por un rato, de que era madre de Kate, la joven que tenía al frente, y actuó según eso: la llamó por su nombre, se puso de pie y la abrazó emocionada. Si trascendemos la demencia senil y reflexionamos en todo lo que hay en nuestra memoria, que es representación de nuestra historia personal y factor fundamental en la forja de nuestra imagen de nosotros mismos, ¿qué pensamos de nosotros mismos?, ¿quiénes decimos que somos?, ¿es esa imagen correcta? Y si lo es, ¿actuamos coherentemente según ella?

Creo que el tema nos invita a tener la capacidad de volvernos maduramente hacia nuestra historia, con las inevitables nieblas y opacidades que conllevan la representación y el olvido, y ver con valentía y la mayor objetividad posible lo que hemos vivido, tanto lo hecho como lo recibido. Si retomamos la idea de que es Dios Amor quien mejor me conoce y sabe quién soy en lo más profundo, ¿no es esa certeza de su misericordia la clave para interpretar mi vida y la de los demás?

Lo que hemos gozado, sufrido, pensado, sentido, visto, hecho y toda nuestra vida, es parte importante de lo que somos, pero no es absolutamente todo lo que somos. Muchos factores pueden condicionarnos, pero no determinarnos, pues hemos sido creados para optar siempre por el bien con libertad. Hay una potencialidad de bien y amor en cada uno que puede todavía ser desplegada con más fuerza.

Recordemos que la vida de fe es un diálogo con Dios desde nuestra vida temporal y cambiante, es por eso que el primer llamado de Jesús entre nosotros fue al cambio, la transformación, la conversión. Siempre hay una puerta abierta para vivir el amor. Cargamos con nuestro pasado, pero solo mirándonos con la luz de Dios vamos a saber entenderlo un poco más, perdonar, agradecer, pedir perdón, sacar bienes de los males, reconocer para qué hemos sido creados, recordar nuestro llamado y reforzar nuestra identidad de la mano de quien tiene la fuerza para ayudarnos y hacer nuevas todas las cosas.

Franco Lanata