Nuestra vida es un largo camino hacia la cima

 En cierto sentido todos somos o podemos ser como Víctor Rimac. Todos nos enfrentamos diariamente al vértigo de los desafíos, a la apariencia inalcanzable de ciertas metas, a la opción de la quietud pasiva y la inacción, al peligro de sufrir o herirnos en el intento de realizar nuestros buenos propósitos, a la necesidad de alejarnos de la cotidianidad para poder contemplar con distancia y detenimiento el sentido de nuestros pasos y poder ver cara a cara la vida desde un punto más alto, a la sed de encontrar lo verdadero mediante el encuentro directo con lo real de las cosas y el contacto con lo natural, a la tristeza de ver a compañeros de viaje quedarse en el camino, a las pruebas que demuestran nuestra fragilidad y nos llaman a ser necesitados y agradecidos, y a la compañía de la posibilidad de la muerte en cada tramo de nuestro camino, pues, como ocurre cuando se sube una montaña, cada paso está más cerca de la cima pero igual de cercano al precipicio.

Todos somos escaladores. Nuestra vida es un largo camino hacia la cima. Cada uno puede tener sus montañas, pero sabemos que la meta es una sola: el cielo. Y cada empeño debe ser un peldaño que nos acerque a la cima total. San Juan Pablo II dijo que era un “alpinista espiritual”. Sabemos cuánto le gustaban las montañas y todo lo que le inspiraban, pero aquí se hace referencia a algo más profundo. Se trata de una concepción de la vida como una caminata hacia lo alto y que debemos sentirnos llamados a renovar. ¿Sentimos aún aquella seducción de las cimas? Es la voz de Dios que nos invita diariamente a las alturas libres, alegres y pacíficas de la santidad.

Adaptación de un texto de Franco Lanata