Onward: La mitad de mi padre

El director de Monstruos University, Dan Scanlon, ha construido la nueva apuesta de Pixar a partir de sus experiencias personales

El mundo fantástico, mezcla de personajes mitológicos y realidad próxima, en el que se enmarca el relato de Onward, funciona en realidad como (elaborada) excusa argumental para darle a sus dos protagonistas, los elfos Ian (voz de Tom Holland) y Barley (voz de Chris Pratt), la oportunidad de reencontrarse mágicamente, por un solo día, con su fallecido progenitor.

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Lo que, en realidad, es una proyección emocional del mundo interior del director y coguionista de la propuesta, Dan Scanlon, que ha volcado en ella su experiencia personal para, a través de la ficción, enfrentarse a sus propios demonios, esto es, asimilar la pérdida temprana de una figura fundamental a través del duelo que han de atravesar los personajes.

A poco que se rasque detrás de la excentricidad visual de su universo, lo que sale a relucir es la importancia que adquiere la relación entre los personajes de Holland y Pratt, y cómo su interacción evoluciona frente a la presencia de su desaparecido padre –parcial, porque el hechizo mágico incompleto con el que intentan traerlo sólo hace aparecer la mitad inferior de su cuerpo–.

Porque, efectivamente, Onward podría formar un perfecto programa doble junto a otra producción reciente de Pixar como Coco respecto al proceso de aceptación de la pérdida.

Y es que detrás de su estructura de road movie, Scanlon no quiere describir tanto el redescubrimiento por parte de sus protagonistas de su progenitor (que también) como su propio reencuentro a través de dicha experiencia.

Ahí reside la clave de la película, y el auténtico significado profundo del relato: en la importancia de la familia –y en el caso de Scanlon, y por extensión, de sus personajes, la importancia de los hermanos– en el proceso de superación de un hecho traumático.

Por eso lo mejor de Onward está, precisamente, en las interacciones de Ian y Barley, en sus choques y sus momentos de complicidad, porque tras el guión de Jason Headly, Keith Bunin y el propio Scanlon se intuye una gran dosis de sinceridad en lo emocional.

Quizás sea por la importancia fundamental que le da a la peripecia íntima de sus protagonistas, pero no deja de ser curioso que donde Onward no acabe de hacer pie es como aventura animada.

Nadie puede negarle a Pixar, a estas alturas, que está muy por encima de la gran mayoría de sus contrincantes a nivel técnico, pero en esa búsqueda de la perfección visual ha perdido esa dosis de locura, de imaginación desatada, que distingue al cine de animación respecto al de imagen real.

Lo que no significa que no haya, por supuesto, momentos de grandeza visual propios de la compañía –como el momento maravilloso en el que Ian y Barley se ponen a bailar, en plena calle, con la parte inferior del cuerpo de su padre–, pero acaban quedando ahogados dentro de un conjunto que depende demasiado de los guiños al mundo real, apoyando gran parte de los gags en una referencialidad pocos habitual en los proyectos, normalmente mucho más sofisticados a nivel narrativo, de Pixar.

Tonio L.Alarcón