¿Qué se hizo el anillo de matrimonio de la Virgen María y san José?

Dos ciudades entraron en guerra: es la Guerra del Anillo y no la escribió Tolkien

Cuando se habla de la Guerra del Anillo, inevitablemente viene a la memoria – gracias a Peter Jackson, para quien no haya leído el libro – el épico enfrentamiento entre Rohan y Gondor contra los orcos de Sauron, mientras dos minúsculos hobbits se adentraban en Mordor para destruir la maldita joya en el Monte del Destino.

Pero la historia reserva curiosas sorpresas: hubo una Guerra del Anillo real e histórica, que enfrentó a las ciudades italianas de Chiusi y Perugia en el año 1473, y que no terminó en un baño de sangre gracias al descubrimiento del cuerpo de una mujer muerta mil años antes.

No era un Anillo del Poder: para los cristianos de aquella época, era aún mucho más. Según la tradición, era el mismo anillo esponsal que san José entregó a la Virgen María, antes de la Anunciación.

Hay dos leyendas de cómo llegó el anillo a la ciudad italiana de Chiusi. La primera cuenta que Santa Mustiola, princesa romana (siglo IV) fue la poseedora del Santo Anillo, que se lo había regalado su difunto prometido Lucio, y que, escapando de las persecuciones religiosas a los cristianos por parte de Aureliano, llegó a la ciudad con la reliquia.

La otra historia dice que la reliquia llegó a Chiusi a principios del siglo XI gracias al regalo de un mercader judío a un orfebre llamado Ainero, con la condición de que la venerase como se merecía. Según decía, la mismísima Virgen María se le había aparecido en sueños, y aquello estaba haciendo tambalear su fe judía.

Ainero no creyó mucho en aquella “historieta” y dejó el Anillo guardado y olvidado en la cripta de la familia (inevitablemente, lector de la obra de Tolkien, surgen las similitudes con la ocultación del Anillo en la Comarca en manos de Bilbo Bolsón). Años después su único hijo fallece. Estando en el lecho de muerte, el hijo, ya con un pie en el otro mundo, reprochó al padre haber dejado abandonada de esa manera una reliquia de tal importancia.

Ainero, arrepentido, y después de comprobada su autenticidad, entregó el Anillo como donación a la iglesia de Santa Mustiola para que todos pudieran venerarlo. Allí comenzarían los milagros desde el primer día que llegó: por ejemplo, las campanas de la iglesia repicaban sin cesar, sin que nadie las tañera.

Un buen día, un fraile alemán del convento de San Francisco robó la preciada reliquia. No se sabe bien si fue por encargo del obispo de Perugia, o si fue por despecho, ya que algunos religiosos de Chiusi lo habían tratado mal (pensaría sin duda que los “chiusini” no merecían tener esa grandiosa joya). Robó, por tanto, el Anillo, y escapó en la noche hacia su tierra natal.

Cuando pasaba por la ciudad de Perugia, una intensa y repentina niebla le envolvió y no le permitió ver bien el camino por donde seguir. Así que decidió buscar refugio en la casa de un amigo. Invadido por los remordimientos por lo que había hecho (y seguramente temiendo que aquella maldita niebla fuera el aviso de un castigo), decidió contarle todo a su anfitrión. Este decidió que lo mejor era entregar el Anillo al alcalde de la ciudad de Perugia, el cual, admirado, recompensó al amigo con dinero y eximió del pago de impuestos a su familia hasta la tercera generación.

En tanto en Chiusi, ya al tanto del robo, corrieron a la caza del ladrón, hasta que dieron con él y lo apresaron.

¿Y el Anillo? Es aquí donde comienza una guerra entre las dos ciudades para poseerlo durante años. Se sucedieron pleitos entre autoridades y ciudadanos, y los canónigos de ambas iglesias propusieron que el Santo Anillo fuera depositado en una iglesia neutral: la urbana de los pobres franciscanos conventuales.

La cosa no paró ahí. Sixto IV, a quien recurrieron desde Chiusi y desde su defensora Siena, decidió contra Perugia; pero su sucesor, Inocencio VIII, que necesitaba ganarse el favor de la ciudad, dirimió el conflicto a favor de Perugia. Chiusi quedó en una honda tristeza, aunque afortunadamente, tiempo después descubrieron los restos de su Santa patrona Mustiola, y la alegría del descubrimiento calmó los ánimos y puso fin a la “Guerra del Anillo”.

La reliquia fue depositada en un cofre cerrada con 14 llaves en la catedral de San Lorenzo de Perugia, en la que se erigió una capilla, la Capilla del Santo Anillo, y pidieron a su más destacado pintor, el Perugino, la famosa obra el “Matrimonio de la Virgen”. Esta bella pintura, por desgracia, fue robada siglos después por Napoleón, y actualmente se encuentra en el Museo de las Bellas Artes en Caen (Francia).

Desde su llegada a Perugia, el Anillo Santo ha ayudado a crear un puente entre la religión oficial y la piedad popular y la ciudad ha recurrido en varias ocasiones a merced de la Virgen para evitar desastres naturales o invasiones enemigas. Generaciones y generaciones de peregrinos de todas las épocas han orado ante la reliquia pidiendo por salud.

María Paola Daud